domingo, 17 de enero de 2016

Depresión


Hoy no sé lo que siento, pero a juzgar por los síntomas, se puede hablar de una depresión, y no veo una razón lógica para que mi comportamiento se vea reflejado de esta manera. En mi mundo un microchip busca infrarrojo y las golondrinas aparecen en primavera. El invierno se acerca y debería buscar un refugio para el clima frío que viene; sin embargo, no hay nada mejor que tomar un café acompañado de uno mismo. 

Cuando las cuestiones de respeto, lealtad, amor aparecen, son más fáciles de comprender si te miras en el espejo de tu vecino. Sinceramente creo que estoy perdido en el limbo de mis sueños; no obstante he encontrado mi camino hacia el futuro. 

Lo mejor de todo esto es el mañana, sin dejar atrás el peso del hoy. Creo y comparto la siguiente teoría: “Cada persona atrae y a su vez es atraída por un ciento tipo de personas, de las cuales se eligen una, dos o más con las que se comparte un tiempo, hasta que la muerte y alguna vez otra persona los separe”. No me refiero al matrimonio, ya saben, la complejidad de la relación se ve alterada por la simplicidad del amor: algunas personas dan su vida por amor; amistad; lealtad; o algún tipo de afecto; algunas otras toman estos motivos para matar. 

Creo que algo más grande que el amor es el Honor, pero no hay que confundirlo con el orgullo. El honor es la clave para entender estas palabras. Qué maravilloso es escribir y qué difícil resulta algunas veces hacerlo. Tener 27 letras que dependiendo de su posición y acomodo expresan distintos sentimientos. Igual de maravilloso es mirar a los ojos a otra persona y encontrar lo que buscamos en un libro de poesía o novela romántica, observar la reacción que resulta de decir: “Te quiero”. Estrechar los brazos y respirar al ritmo de vals. 

Honor una vez más escrito aquí: creo en él, como la suma de varios valores y amor como aglutinante; para que la reacción de conformación se lleve a cabo hibridando orbitales que hexotérmicamente producen un potencial de acción más productivo que la energía libre de Gibs, al comportarnos como células, cada individuo hará sinapsis y la quimiorrecepción será culpable de la respuesta hacia el dolor. Hay tanto en lo que creo pero… ¿a quién engaño? Las ideas han terminado por hoy. Permanecerán como recuerdo criogénicos esperando una vacuna para ser despertados.

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La leyenda del verdadero amigo


Dice una linda leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron.
El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:

HOY, MI MEJOR AMIGO ME PEGÓ UNA BOFETADA EN EL ROSTRO.

Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse.

El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo.

Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra:

HOY, MI MEJOR AMIGO ME SALVÓ LA VIDA.

Intrigado, el amigo preguntó:

¿Por qué después que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?

Sonriendo, el otro amigo respondió:

Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.

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VIAJE SIN CONCIENCIA

En los años setenta, un par de amigas viajaban por la vieja carretera de Ademuz en dirección a La Eliana, un pueblecito -entonces pequeño- con mucho terreno de chalets para veraneantes. Allí una de ellas tenía una casa y era donde se dirigían. 
Era por la tarde y conducían con tranquilidad cuando el coche comenzó a hacer cosas raras. La radio se encendió de pronto y una brillante luz blanca se puso sobre ellas. Perdieron el conocimiento ambas, o al menos aseguraron no recordar absolutamente nada. 
Al despertar estaban en el chalet, dentro del coche. Salieron aturdidas de él sin recordar cómo habían llegado hasta allí, y al salir comprobaron que el coche estaba como loco: el limpiaparabrisas estaba en marcha, los intermitentes se encendían y apagaban... 
Jamás supieron lo que pasó y cuánto tiempo duró aquello, tan sólo podían recordar que salieron a mitad de tarde y que cuando despertaron era de noche y habían llegado a la casa. 
¿Abducidas? Seguramente sí. 

LA CASA ABANDONADA

En un pueblo de la Comunidad Valenciana ocurrieron estos hechos cuya noticia llegó hasta el periódico. A mí me lo contó alguien del mismo pueblo. 
Cinco chicos se reunieron en una vieja y solitaria casa abandonada en mitad de tierras de huerta con el fin de hacer espiritismo. 
Lo prepararon todo, comenzaron, y como en cada sesión que se precie, uno de ellos, el portavoz, hizo la cuestión de inicio: "Si hay alguien que te moleste aquí, dinos quien es y se irá". 
El vaso indicó dos nombres, los dueños de los nombres se miraron sorprendidos y se despidieron de los otros tres. Volverían al pueblo caminando. Ya se verían más tarde. 
Dejaron a los otros tres con su sesión de espiritismo y conversaron por el camino. Cuando llevaban unos cien metros andados escucharon un ruido y se giraron: la casa caía derrumbándose sobre los tres chicos que se habían quedado en la sesión espiritista. 

fascinación

De un tiempo a la fecha he notado que me fascina la gente joven. Se trate de chicos o chicas, mi admiración es asexual. El solo mirarlos me causa un placer irremplazable. Sus movimientos, gestos, esa fingida indiferencia ante todos y todo. Me gusta disfrutar de sus facciones, su piel lozana y fresca, los labios ligeramente humedecidos por la lengua. Tan perfectos, bellos y encantadores. 
Yo solo mirando, sin moverme, sosteniendo la respiración ante la maravilla. 
Como las alas de una preciosa mariposa aleteando delante de mis ojos en cámara lenta.
En particular, me gusta más aún cuando los miro y ellos vagan por el mundo sin saber lo hermosos que son, y lo son por muchas razones, una, mi favorita, quizás, es que lo son por toda esa juventud que cargan como si se tratase de cualquier cosa, toda esa energía. Sin darle casi ninguna importancia.
Como un pañuelo mal guardado en el bolsillo trasero del pantalón, la mitad de fuera, esperando a que algún extraño en un descuido te lo saque sin darte cuenta. De un jalón.
Si, de un tiempo a la fecha los prefiero jóvenes, se trate de chicos o chicas.
Me fascina mirarlos. Estén vivos o muertos.